sábado, 8 de diciembre de 2007


Apenas podía ver sus ojos. Me sostenía entre sus brazos y me acunaba al son de la música. Tras la ventana la luz llamaba mi atención. Empezaba un largo camino y atrás dejaba la tierra que me vio nacer.



Pasé el trayecto medio adormilado, tan solo desperté en dos ocasiones. La primera entre unos brazos que no eran los que me acunaban al inicio del viaje. La segunda para realizar la que sería mi primera deposición, llegando a la que hoy es mi ciudad.

La casa estaba a oscuras y no perdí el tiempo en encontrar la que sería mi guarida por unas horas.

A la mañana siguiente las ví partir. La mujer alta fue la primera en salir, me cambió el agua y me puso de comer. La otra, la más bajita intentó atraparme en dos ocasiones. No lo consiguió. Luego supe que llegó tarde a su trabajo por buscarme las cosquillas. Seguí escondido hasta que a media mañana una dulce voz me despertó de mis sueños. Encendió el televisor y salí, me vio y ahora somos inseparables. Se llama Lola.

No tardé en tomarme confianzas y empecé a hacer mis ejercicios nocturnos. Hay que mantenerse en forma. Lo primero y más divertido fue trepar por la palmera y lanzarme a por mi super juguete. Es genial, cada vez que lo toco va de un lado a otro...